sábado, 8 de diciembre de 2012

Cállese y escuche



Disfruto mucho de escuchar una orquesta sinfónica en vivo. Claro que no me gusta la música de cualquier compositor, y claro que hay orquestas que prefiero sobre otras. Pero de modo general, todo el ritual que presenta me parece formidable. La mera idea de que es una orquesta entera, compuesta de personas que llevan al menos 20 años dedicados a su instrumento, además del tiempo que llevan ensayando la pieza en cuestión, juntos y en lo individual… es motivo suficiente para prestar atención plena a lo que realizan. Con dedicación y precisión, pulen la interpretación de composiciones de gran complejidad y una vasta habilidad expresiva. Piezas cuyos compositores también dedicaron, de un modo u otro sus vidas enteras a crear.
Es una gran tradición occidental. Tradición por la cual se transmite una historia no-lineal, digamos, o emocional incluso, de nuestra condición. De tal suerte, desprecio rotundamente a la gente que habla o abre bolsitas de plástico mientras toca la sinfónica. De ser un narco-emperador, los mandaba fusilar. (Mínimo los sacaba a patadas, vetaba de cualquier función posterior y obligaba a la orquesta a empezar de nuevo). Digo, si tosen, o estornudan, pues es un acto involuntario. Pero que no puedan renunciar a la apremiante obligación que sienten de comentar algo mientras la pieza se toca, me parece, sin más, una chingadera. Digo, podrían esperarse unos minutos para compartir su penetrante epifanía sobre la naturaleza del mundo y el amor. Carajo.
Hay otra instancia que me irrita casi tanto como la antes mencionada falta de respeto. En Bellas Artes nunca falta un imbécil eufórico que, invariablemente, sea cuál sea la pieza o su interpretación, se levanta, apenas termina ésta y grita “¡bravo!”. No lo soporto, incluso cuando en verdad hasta comparto su asombro y alegría. Me da la impresión de que lo que neta quiere es hacernos saber cuánto gozó él la pieza. O como que quiere hacernos saber cuán vivo está, o que se curó de alguna enfermedad crónica o salió de una depresión. Qué sé yo. Me alegra por él, pero se podría esperar un poco, a que la pieza realmente termine. Paladear el silencio unos instantes, dejar que se disuelva la vibración. Y luego, ya pararse y hacer su show.

Esperar en silencio al final de una pieza es parte fundamental de la composición como tal. Permite 1) apreciar y digerir lo que acaba de acontecer; 2) la música, la secuencia particular de sonidos y pausas, la configuración y combinación de notas, modos e instrumentos recién han a) afinado el oído de un modo específico, alterando, de paso, nuestra concepción del silencio; y b) atravesado el cuerpo y las emociones, dejando al escucha, básicamente en un estado de atención o conciencia distinto a como llegó. El silencio al terminar la pieza es para esto, para saborear los contornos de la propia receptividad, y sentir cómo la música se disuelve con el entorno completamente.
Pero parece haber una fobia ante tal silencio. Una necesidad por prontamente asimilar lo que ha acontecido, y asignarle un lugar y una definición. Puede que ese silencio abrume, por la experiencia corpórea que implica, o la soledad existencial que exhuma. No lo sé, pero apostaría a que se relaciona a una concepción del silencio como una nada, y no como un espacio pleno de receptividad, un espacio viviente. Parece que lo concebimos como esa nada que nos recuerda a la muerte. Por ello la compulsión por llenarla cuanto antes, con algún recordatorio de nuestra existencia. Lo raro es lo siguiente: si de hecho existiéramos como tal, ¿qué necesidad de recordárnoslo? Más bien, pienso lo siguiente: gracias a que no existimos —a que somos un efímero y brillante síntoma del mundo—, podemos vivir; vivir y escuchar la música de quienes han procurado plasmar de modo no necesariamente verbal esta experiencia viviente. Experiencia viviente que nos rebasa. Por ello, por favor, querido lector, una petición: cuando vaya a escuchar a la sinfónica, siéntese, cállese y escuche.