jueves, 22 de septiembre de 2011

Profanar los śimbolos


Una reflexión para el décimo aniversario del 11-S, publicado el pasado domingo 11 en el Milenio Semanal.
Con frecuencia los símbolos se consideran más valiosos que la vida. A menudo se vive con base en ellos, y en ocasiones se llega al convencimiento de que vale la pena morir o matar por ellos: sería imposible explicarse la Inquisición o el nazismo sin toda su parafernalia. Si no, ¿cómo es que una persona termina por creer que al secuestrar un avión comercial para estrellarlo contra un edificio merecerá recompensas por parte de su deidad? Una parte de ese efecto de incredulidad suscitado al ver el derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001 (11-S) deviene de la caída de un símbolo que sustentaba el triunfalismo histórico de una nación; lo que ahora se conoce como Zona Cero es el remanente de lo que fueron dos columnas de entrada a un imperio, representativas de una versión del progreso y su expansión.

Ahora que ha transcurrido una década tras aquellos ataques, los teóricos de la conspiración aún no muestran pruebas contundentes para enjuiciar a los responsables ocultos de esta devastación. Lo que es evidente es que el discurso religioso fue axiomático en el desarrollo de esta catástrofe. Si bien no se requiere de una afiliación religiosa para cometer actos de violencia (pensemos en Mao, por ejemplo), la religión jugó un papel central en estos sucesos en particular. Y no sólo la de los terroristas.


Cabe hablar de los efectos del 11-S sobre la religión en Estados Unidos (EU) y en el mundo entero. Los hechos y su implacable impacto confrontaron a una nación —y al mundo— con su propia vulnerabilidad, y con las secuelas del fanatismo. Aquel discurso multicultural de la tolerancia ha sido, desde entonces, sujeto a continua revisión de cara a la seguridad nacional y las relaciones internacionales. El 11-S situó al Islam como tema de discusión y debate global, y el diálogo interreligioso se volvió una prioridad; las facciones más abiertas de cada religión comenzaron a llevar servicios comunes, y la Casa Blanca, desde la entrada de Barack Obama a la Presidencia estadunidense, inició un programa universitario de estudios interreligiosos en el que participan ya alrededor de 250 universidades.
Como reacción salieron a mayor luz dos posturas radicales en los EU, encarnadas por los pastores tele-evangelistas Jerry Falwell y Rob Patterson, por un lado, con su retórica Cristoamericana, conservadora y nacionalista: Falwell salió al aire en el programa de Patterson apenas dos días después del atentado, y culpó a la Norteamérica Liberal por la ira de Dios manifiesta en los ataques. Por otro lado, Sam Harris y Richard Dawkins, autores de The End of Faith y The God Delusion, respectivamente, comenzaron una campaña masiva por una revisión de la religión como tal. Ambos libros pronto se volvieron bestsellers, y generaron un impulso revitalizado para el ateísmo en EU y el mundo, el que se conformó como lo que se conoce ahora como el Nuevo Ateísmo.

                                 
La tensión que han generado estos dos discursos ha provocado un debate serio en torno a la religión y sus efectos en lo social, traduciéndose al discurso público como una postura atea radical, intolerante incluso, que ha sido crucial para plantear la urgencia de reevaluar el sitio de la religión en el mundo, pero también para reubicar el espectro de posturas moderadas.
Porque cada cultura tiene símbolos que es delito profanar, ya sea con un libro como Los versos satánicos (1988), que le ganaron una fatwa en su contra a Salman Rushdie, o las caricaturas de Mahoma en el Jyllands-Posten de Dinamarca (2005), que causaron más de 200 muertes por la indignación de grupos musulmanes. Cabe señalar dos casos recientes que además ejemplifican las dos posturas antes mencionadas: 1) Terry Jones, un pastor del Dove World Outreach Center en Gainsville, Florida, amenazó el año pasado con incinerar 200 ejemplares del Corán justo en la Zona Cero durante el noveno aniversario del 11-S. Fue tal la indignación pública, con protestas internacionales y peticiones por parte del gobierno de EU, que el pastor terminó por retractarse, pero sólo para regresar, en marzo de 2011, para enjuiciar una copia del Corán en su iglesia local, donde, tras haber declarado culpable al libro de “crímenes contra la humanidad”, quemó una copia. Entonces la organización Jama’at-ud-Da’wah, en Pakistán, emitió un fatwa de 2.2 millones de dólares para quien asesine al pastor Terry Jones, mientras que el Hezbollah anunció un botín de 2.4 millones por su cabeza.
2) Por el bando ateo, el abogado australiano Alex Stewart también decidió hacer tributo a las víctimas del 11-S incinerando símbolos religiosos. Este caso muestra motivos distintos y un método peculiar: preparó dos churros de lo que parece ser marihuana, uno con una hoja de la Biblia y otro con una hoja del Corán, y se los fumó en un video que subió a YouTube. El video, donde sale Stewart declarando que la Biblia quema más suave que el Corán, fue prontamente censurado y retirado de circulación. Stewart, quien vestía una playera con la frase de Buñuel “Gracias a Dios soy ateo”, declaró: “Es sólo un maldito libro ¿a quién le importa?... son tus creencias las que importan”.
Este 11-S, para la ceremonia oficial en conmemoración de las dos mil 977 víctimas que murieron a causa de los cuatro aviones secuestrados por miembros de Al Qaeda, no habrá, dentro de los oradores oficiales, ninguna figura religiosa. Ahora que se conmemorará por primera vez ya con Osama (y no Obama, como los fallos de Fox News suponen) Ben Laden muerto tras más de 10 años de persecución por parte de las agencias de espionaje y el Ejército estadunidenses, sólo participarán los familiares de las víctimas y figuras políticas de los EU, como el presidente Obama, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el alcalde Michael Bloomberg. Eveline Erskine, la vocera oficial de Bloomberg, lo explica así: “En vez de tener discordia sobre qué líderes religiosos deben participar y cuáles no, quisiéramos enfocar esta ceremonia en los familiares de aquellos que perecieron. Los seis momentos de silencio solemne incluidos en la ceremonia permiten a cada individuo un momento para la introspección personal y religiosa”.
Bien dicho: lo que se requiere es silencio. Precisamente ese silencio donde la reflexión es posible y donde los símbolos no imperen sobre la experiencia humana. Un silencio sin el imperativo por evangelizar, convencer o suicidar a nadie. Será un silencio penoso, pero certero.