miércoles, 9 de julio de 2008

La Poética del Sujeto




Diario hablamos. Intercambiamos idiosincrasias y observaciones, demandas y seducciones, reclamos y aspiraciones, gruñidos y gemidos, pausas e interrupciones…Transferimos sentimientos y deseos en pequeñas y arborescentes capsulas volátiles: palabras. Signos asechados por otros signos y significados diferidos en un juego de historias y espejos. Y a veces para decir algo, callamos; el peso del silencio, el espacio que transporta en eclosión, puede en instancias instigarnos a compartir la incertidumbre o el asombro.

La palabra generalmente se ve relegada a dos campos opuestos, pero mutuamente edificantes; es decir, o nos topamos con la concepción de que la palabra designa algo directamente, como en un contrato; o encontramos lo que algunos místicos plantean, que la palabra es un gesto vacío y pretensioso que enreda la experiencia de lo inmediato. Cuanta paranoia.

Menos mal que hay poetas.

En la poesía la palabra puede ser música, como los juegos fonosemánticos que un niño repite, absorto y expandido en lo que acontece; o bien puede ser martillo o una lengua cálida al lóbulo de la oreja; la palabra es lo que es y su fantasma, y la brecha entre estos; la palabra es la ruptura del tiempo por el afecto; la palabra se desnuda, se viste de geisha o de rayo de sol, y baila y muere y sonríe. En la poesía la palabra se devela extraña e íntima, intermitentemente y a la vez.

No hay un sitio fuera de la narrativa para nosotros. No hay adonde correr a esconderse de la palabra. Si bien en la inmanencia el sujeto y el objeto pierden sus contornos y contrastes, dicha experiencia se verá narrada posteriormente. Si bien la experiencia como tal no será inscrita en ningún morfema, sí se buscará transmitir, comunicar a otro—se traducirá, por lo menos el método para provocar dicha experiencia. Ya sean las direcciones para llegar a dicha epifanía, o una lista de desviaciones en potencia que habría que procurar evitar. Nadie puede decirte a qué sabe la cajeta, pero sí te pueden decir dónde comprar una lata de ésta y dónde no.

La poesía transmite experiencias no sólo en los juegos con los múltiples significados y connotaciones de la palabra (como un albur), la rítmica, métrica, arreglo visual, tono, etc. sino que hay una función directa que la poesía puede provocar por medio de estos recursos. Como los famosos Koan de la tradición del Zen, la poesía puede alterar las estructuras neuronales del lector/escucha a través de lo inesperado, lo inefable, la aporía. Rupturas y suturas paradigmáticas, rizomáticos retornos a lo inefable, confusiones y despertares latentes. Se modifica el registro de la experiencia misma, gracias al efecto que tiene lo inexplicable ante la lógica—la lógica misma debe ceder, así abriendo campo a toda otra gama de experiencias antes insospechadas.

El sujeto mismo puede ser poetizado. Durante el transcurso de un día suelo pensar compulsivamente, narrándome los eventos que suceden a mi alrededor, casi como si no estuvieron sucediendo. Agregando y encimando juicios y afectos y recuerdos y asociaciones y resentimientos a este cuento. A ratos esta tendencia se altera, florece o se cae y ocurre poesía. Habito más cerca de la inmanencia en esas interferencias. En otras ocasiones es la manera en que escucho la que cede ante el flujo poético; la verborrea sigue, pero la oigo con espacio, distinguiendo sus causas infinitas y la textura precisa de su desborde. Así los movimientos y desplazamientos del sujeto se vuelven poesía. La identidad misma se derrite develando la continua y brillante elusión de aquello que llamamos el sujeto: el deseo.

La historia que formula el presente como tal es una novela—la historia es siempre la ficción, los límites de lo concebible. El sujeto, está sujeto a su enunciación, a su tenaz causalidad. Al poetizarse el sujeto el enunciado cambia—nuestras relaciones se tornan más empáticas y jugosas, fractal y exponencialmente. El significado de la novela entera se ve en problemas, en duda. Así se articula lo indecible. Miles de formas de opresión son develadas y expuestas. Miríada de libertades cobran vida, y lo posible se ofrece con ética. Rescatemos la poesía de escondites y pedanterías. Habitémosla y llevémosla en la lengua y el escucha; en el trazo de los sentidos sobre las huellas de la experiencia; en la carne; abramos sus puertas para que la interpretación le bese el cuello y así suspiren revueltas. Caminemos junto a ella, hacia ella, en ella, por ella.

Poetizemos la calle.

1 comentario:

Mónica González Velázquez dijo...

Poetizar la calle... darle sentido a lo que las palabras exponen, incitar una mirada; un giño, quizá menos. Ojalá tu palabra o la mía en una mano extraña y dispuesta a esta aventura regocijante, que es la lectura. Un abrazo literario: M.