jueves, 6 de marzo de 2008

La Leyenda del CiberSapien



Imagina una mujer, desnuda, ajustando con una mano el broche frío y metálico de un cinturón de piel. Cuero negro, picos plateados. Con la otra, delgada y quizás pálida mano, enciende un controlador inalámbrico que regula el nivel de vibración del giratorio consolador transparente que va adherido al cinturón. Se prepara para penetrar a su amante con su strap-on. En un departamento anexo: un chavo, quince años, acné suficiente para probarlo, lentes de pasta, playera de Pantera, se sienta frente el televisor y enciende su consola de videojuegos. Ahí, desde su sillón, en el entorno sobre-protector de su madre, con quien vive solo, él se dispone a balacear policías y destazar pandilleros con una sierra eléctrica. Antes de ir a dormir, tras cenar unos molletes, choca tres autos, golpea a dos prostitutas y entrega cien kilos de cocaína colombiana en el aeropuerto.


Diferencias: una que otra. Semejanzas: muchas. Ambos modulan y extienden su campo de experiencia por medio de artificios, de artefactos tecnológicos. Los límites de sus identidades se alteran, transformando su esfera de lo posible—lo que les es permisible. Hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que son, y hay quienes argumentarían que han dejado de ser lo que no son.


En estos dos ejemplos podemos entrever las dos corrientes cyborgianas más pronunciadas. En la primera instancia se adapta un aparato al cuerpo, trastornando la estética y funciones del mismo, y por añadidura, permitiendo la encarnación de otra estructura libidinal a la socialmente asumida como "natural". En el segundo ejemplo es por medio de la inmersión en un ámbito virtual que se vive a través de otra personalidad, provocando así, sensaciones corpóreas por medio de estimulación nerviosa. Y es este sistema nervioso, a su vez una interface proyectando y asimilando entornos que regulan y propician tipos de relación—las tesituras, texturas e interpretaciones de lo vivido se contorsionan, mientras sus efectos se extienden.


Ambas de estas propuestas trans-humanas plantean múltiples escenarios a futuro. Estos se irán generando y apareciendo a la par. Por un lado los materiales del cuerpo serán reemplazados y nuestros órganos se verán acompañados de moduladores digitales; nos ampliarán la memoria como a nuestras computadoras, tendremos nano-bots en las venas supervisando los niveles hormonales en nuestro sistema endócrino…seguro hasta podremos haquear los fluidos corporales, o patrones de pensamiento de alguien más. Algoritmos y fibras sintéticas. Por otro lado, la realidad virtual se definirá con creciente similitud a nuestra experiencia diaria; podremos vivir varias vidas en un par de días, explorando géneros y posturas subjetivas a las que de otra forma no accederíamos de maneras tan directas; habitar más de una realidad virtual a la vez.


Hay posibles desarrollos fatales y otros tantos utópicos; cómo con cualquier tecnología—o ideología. Lo aterrador en estos casos son los grados de engaño que son posibles con las realidades virtuales, o las brechas de clases debido a los costos de las mejorías físicas que pueden proporcionar habilidades asombrosas o extensiones de vida de cientos de años. Los robots que esclavizan a la humanidad, o que laboran dejándonos con una vida de tiempo libre. Pero lo qué más perturba y rompe con nuestras predicciones y lógica, no son los desarrollos que somos aún capaces de vislumbrar; sino los que truenan nuestras expectativas de lo posible.


Aquí topamos con un fenómeno llamado La Singularidad: La tecnología avanza de manera exponencial, ya que al contar con un desarrollo nuevo es tanto más fácil y rápida la generación del próximo; la singularidad se refiere al momento en que la aceleración exponencial del avance tecnológico queda en manos de una inteligencia artificial muy por encima de la capacidad de cómputo y síntesis de la especie humana. La tecnología en manos de la tecnología. Es cuando se nos sale de las manos (por así decirlo), tanto el artefacto como la velocidad con que se desarrolla. Quizá sobre considerar lo que esto implica; sin embrago, implica nuestros cuerpos, nuestra reproducción, nuestra supervivencia, pero más importante aún: nuestra experiencia, sus tonos, contrastes/contextos y posibilidades.


Me referiré al cuestionamiento escatológico y existencial de Tony Montana en Scarface, quien sentado en una mesa de un restaurante de alto-pedorraje, un par de onzas en la nariz, la frígida histeria de Michelle Pfeifer todas las noches, guardaespaldas, poder, billete, prestigio, bla bla bla…se pregunta azorado en un espasmo/desplante de hartazgo y lucidez: "¿y luego qué?"


Después de la inmortalidad: ¿qué?


Después de habitar toda fantasía concebible: ¿qué?


Después de la singularidad: ¿qué?


Como lo puso Baudrillard: "¿Qué harás después de la orgía?"


Esto es todavía más acertado si consideramos la manera en que la virtualidad problematiza la realidad. Siendo ésta replicable, pudo siempre-ya haber sido una réplica. Son grados de fidelidad, son efectos digitales, es un plug-in llamado realidad.


Ya pasó.


Cuan adeptos a fascinarnos con los efectos especiales, rehusándonos a considerar que ya estamos ahí; que los dilemas que nos acosan a futuro ya están aquí; en este preciso respiro. De nuevo (ja) es nuestra ética la que está en juego, nuestra narrativa, nuestro deseo—la subjetividad misma. Ya somos cyborgs: cada que alguien usa un lubricante o un teléfono ya hemos modificado nuestro cuerpo y experiencia con tecnología. Ya vivimos en la virtualidad de nuestro crédito, de nuestra identidad construida como interface de negociación de placeres con los otros, el simulacro de interpretaciones con las que teñimos todo cuanto nos acontece e involucra. El peso de las ideologías y sus aparatos de propaganda ensalzando esa sensación de escepticismo que producen…


Enajenados ya estamos: ¿y?


Y no hay ética sin apreciación. Sin muerte no hay apreciación. Sin consecuencia no hay valor. Sin ética no hay otros, y el narcisismo primario continúa su epopeya tragico-hipnótica. El cinismo en este caso sólo promete llevarnos a la utilidad de todo; a un mundo eugénico y estéril de repetición y replicación. La ética deviene de la reflexión, no de un mandato, es lo único opuesto a la moral—lo inmoral sigue siendo moral. La reflexión implica la atención. La apreciación no es imitable o fabricable, con o sin implantes de memoria y tres realidades virtuales simultaneas, nuestra atención sigue en juego. Un luminoso vacío, fértil y evasivo.


La misma gata revolcada.


Cuando somos útiles somos útiles.


Nuestra subjetividad y su narrativa fenomenológica, apropiada por la utilidad, bajo el yugo de la constante necesidad de verificar la posición/posesión, el territorio, la ventaja, la victoria, la imagen de sí.


Pan con lo mismo.


La inmanencia es gratis.


La muerte el único amo.


¿Seremos capaces de vivir una vida de inspiración, no de ambición?


Puede que tengas que haquear los nanobots en mi sangre para persuadirme.